¿En dónde reside la belleza del ocaso si no es en su
proximidad con la oscura noche y con la muerte, muerte que
derriba un mundo para
generar nueva vida, vida que alumbra todo con sus
destellos y que ya no conoce de ataduras?


martes, 14 de septiembre de 2010

La Orden Blanca


          Narrar una historia de amor debería de ser, como por lo general lo es, un acto de felicidad plena. Pero todo lo que pesa esta pluma a la hora de hacerlo es algo que me aterra, que me sofoca. Quitarle la vida a una persona, aunque esa muerte lleve la intención de convertirse en una ofrenda de amor, significa que uno será condenado a arder en las profundidades; pero entonces, ¿qué queda para los desgraciados que atentan contra la vida de aquellos a quienes aman? Estos ni siquiera alcanzan el lujo de descomponerse bajo las llamas del infierno, sus actos perduran en la propia memoria y los condenan a una inexorable eternidad de dolorosa penumbra. Integrar ese lote de almas que agonizan penosamente es algo nada sencillo de narrar; permitir que hoja y pluma lo desnuden a uno ante su vasta miseria, que siempre amenaza con su mirada tinte homicida, hace dudar hasta al más resuelto de los valientes. Pero aquí va mi descargo en busca de esa ínfima tranquilidad que pareciera inalcanzable. Y si esa paz escasa me fuera esquiva, a pesar de estas sangrantes líneas, Dios me salve de tan exigua existencia y me proteja hasta la hora en que el indeclinable destino me lleve de esta tierra para sentenciarme por siempre.
          De sangre y avaricia, del ego irracional, de eso se trata esta historia. También de un amor inesperado pero revelador. Rey entre los reyes, en eso me he convertido y es eso lo que tanto me ofusca. Me he dado en llamar Jerónimo el Grande, patriarca de la Orden Blanca y castigador de injustos. Bajo mi séquito se encuentran los más valientes y audaces guerreros que estas tierras hayan conocido. He conquistado, como cabeza y estratega de este invencible ejército, todo cuanto bastión de herejía se ha presentado frente al paso arrollador de la Orden Blanca y de su divino mensaje. Los rebeldes han pagado con sus impuras vidas la negación de la verdad absoluta, han regado con su sangre ennegrecida los campos sobre los cuales hoy se asientan las bases del reino de Dios en la tierra. Ya nunca jamás las vestiduras negras mancharán los dominios donde hoy peregrinan los atavíos blancos y la sabiduría.
          He sido heredero de un trono que mis ancestros me han entregado por el santo mandato y, desde entonces, el único capaz y dichoso de extenderlo. Centenares de ejércitos he derrotado y abatidos han caído sus reinas y reyes. No ha quedado en mi inmenso reino hombre o tropa alguna que ose desafiar el poder que las alturas me han legado. Gigantescas fortalezas han hecho las veces de refugio para las hordas de la chusma insensata, para sus gobiernos de ocio infatigable; pero ni sus robustas torres de rocosa arquitectura, ni sus enfiladas huestes, transformadas en no más que una soldadesca de defensa ante el inminente ataque, pudieron detener la llegada de su juicio final. Miles han caído protegiendo su injuriosa realidad, pero no han corrido con mejor suerte los cobardes desertores: sus arrepentimientos no bastaron para merecer una ordalía, los oprobios al Grandísimo no merecen el perdón celestial, y mucho menos el terrenal. Aunque nada de esto tiene ya mucho sentido; he creído acabar con los tiranos y no he hecho nada para distinguirme de ellos. Apenas alcanzo a convertirme en una sombra que espera, no sin ansias, extinguirse.
          A lo largo de mis años he disfrutado infinitos manjares, he lucido los más altivos calzados y vestido las más refinadas prendas, he poseído las más bellas damas de todo el creciente reino, pero nada ha logrado saciarme. En cada nuevo avance de la Orden Blanca he esperado hallar, tras el merecido exterminio de las negras caballerías y la conquista de sus terrenos, aquello que sea capaz de encender en mí el goce de la vida. Tantos años dedicados a purificar el espíritu y a barrer con la herejía han hecho de mí un hombre decrépito e incapaz de disfrutar los mundanos placeres con los que se me ha correspondido. Sólo una vez pude observar de cerca la felicidad, sólo por un instante he logrado hallar esa luz que brillo ante mí y que se ha escapado sobre mi propia bajeza. Pero disculpen ustedes, hubiese querido no extenderme tanto antes de llegar hasta este punto de la historia, aunque permítanme confesarles que ello se presenta ante mí como un síntoma de lo difícil que resulta relatar mis miserias, y como una señal de que me pondré irremediablemente de cara al dolor.
          Ella fue una revelación. Logré conocerla en una de las tantas incursiones a campo rival que mis huestes emprendían con el fin de castigar morosos y adquirir bienes de ofrenda para el Altísimo. Su sonrisa resplandeciente reflejaba, como las más puras aguas cristalinas, los tenues rayos de sol que sobrevolaban aquella tarde otoñal. Aquel destello me permitió ubicarla en las lejanías, tras su línea de defensa, y la observé deleitoso con mi prismático. Su cabello, ondulado hasta la cintura, parecía jugar con el viento alborotado, y una mirada verde, tan deliciosa como abrumadora, me infligía la compasión y el miedo que su ejército jamás logró proporcionarme. Mis sentidos se rindieron ante tal hermosura, ante la perfección personalizada, ante ese algo que mi existencia codiciaba para saciar la enfermiza necesidad que los caminos espirituales y los placers terrenales no lograban. Una ráfaga ardiente me caló el pecho, y por un exiguo pero intenso momento pude extasiarme en aquella sensación de liviandad y plenitud que tantos poetas han llamado amor. Sentí deseos de tomarla por arrebato (pues no conocía otra forma) y recluirme con ella en alguna montaña, alejado de esta labor, ominosa y opresora, que se me ha encomendado. Pero las cosas no fueron tan sencillas: aquel exquisito homenaje a la belleza fue opacado desde el principio por su negro atuendo. Ya todos sabemos que tanto en la naturaleza y en el arte, como en el amargo derrotero de guerra y de lucha que llamamos vida, la luz y la oscuridad, el blanco y el negro, componen un claroscuro irreconciliable.
          Y así comenzó mi delirio. La atmósfera crecía en tensión aquella tarde en que ambos séquitos, enfrentados y dispuestos al combate, se amenazaban con la vista fija en el enemigo, aguardando la orden de sus superiores para abrir la batalla. Un titubeo infernal le oponía resistencia a mis decisiones. Jamás había este rey dudado ante su tarea divina: en condiciones normales hubiera dado el consentimiento para que la Orden Blanca atacara sin piedad las filas del enemigo. Y sólo entonces, ante tan tremenda situación, mis ojos abandonaron el velo cegador de la patraña divina y pudieron observar la negligencia de mis actos. Miles de muertes engendradas en el afán de imponer una causa que propaga un mensaje de amor al prójimo. ¿Y si alguno de los prójimos caídos se hubiera convertido en la hermosa dama que ahora se encuadra en mi prismático? Mandar a matar a tan bella mujer significaría asesinar mi oportunidad de alcanzar la felicidad, pero dejarla vivir me condenaría a la muerte y sembraría en mi reino lo que he llamado herejía y que ya no me parece tal cosa. Frente a aquella escena se alzaron mis dubitaciones. ¿Debía inmolarme en un acto de máxima valentía para dejar ser a aquella dama? ¿O debía asegurar mi existencia, perpetuar la mentira y condenarme a una vida vacía? Sin embargo, la hermosa reina tenía a su lado un rey y una causa que defender, y después de todo, así lo había querido el destino. Como un despreciable cobarde, di la orden de ataque.
          Los peones blancos arremetieron ferozmente contra los peones negros, avanzando como primera línea, sobre el cuadriculado campo de batalla. Escoltándolos, los caballos blancos se adelantaron derribando la defensa del enemigo y abriendo paso a mis leales alfiles. Los alfiles, siempre ávidos de soltar su diagonal ataque voraz, abandonaron su inmaculada posición para comenzar a derrotar los baluartes de oposición que el enemigo presentaba. Mi reina, unida a mí por la obligación de pertenecer a la Orden Blanca y no por un amor inexistente, impresionante luchadora y pieza decisiva de muchas guerras, aguardaba sigilosa su turno de avance. No fue necesario en esta ocasión. Pronto las torres blancas acabaron la tarea de desbaratar todo intento de repliegue rival, dejando a la pareja real rendida y a la espera del tiro de gracia. Ambos, inseparables, decidieron aguardar juntos el final.
          ¡Jaque Mate! Y desde lejos vi como el amor se me escurría entre los dedos.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El sótano

          El sótano era una lugar tenebroso. A dos metros de la entrada ya podía sentirse en la piel una especie de humedad pegajosa, que se adhería a los brazos y a la cara, erizando los bellos del pecho y de la barba. La escalera de bajada, castigada por los descensos y ascensos de casi un siglo, lanzaba todo un rechinar de dolor con cada nuevo paso que debía soportar sobre sus tablas. El interior del lugar apenas dejaba iluminarse por los lánguidos rayos que alcanzaban a colarse por la diminuta ventana, ubicada en lo alto de una de las paredes laterales, a través de la cual se podía observar las pantorrillas de los transeúntes obstruyendo intermitentemente, con su caminar sobre la calle, la débil claridad del cuarto. El ambiente se encontraba un tanto viciado y dificultaba la respiración, tal vez a causa del continuo encierro que impedía la circulación del aire. Los aromas nauseabundos, que penetraban el suelo y las paredes, parecían proceder de una extraña fusión entre el asfixiante olor a naftalina y el vomitivo perfume a sudor humano fermentado, que podrían ser producto de algunas prendas añejas amontonadas en un rincón y roídas por las ratas. La tenue claridad dejaba ver escasos muebles y artefactos, esparcidos discontinuamente sobre la reducida superficie del áspero y polvoriento piso sin baldosas. Un lavarropas blanco y cilíndrico se hallaba ubicado en el escueto espacio que existía entre el suelo y el reverso de la escalera. Una mesa de pino, rectangular y de largas dimensiones, ocupaba el centro del lugar. La suma de estos objetos, más las tres sillas y varias botellas de licor holandés semivacías, desparramadas por todo el sitio, hacían que desplazarse dentro de aquel antro resultase una empresa dificultosa. Dos o tres trozos de pan duro sobre la mesa, pintados de manchas verdes por el correr de los días, y algunas marcas de suela de zapato tipo leñador sobre las ennegrecidas paredes, como señas de que alguien se hubiera reposado sobre ellas en la clásica posición, permitían suponer que hace algún tiempo una vida humana, o tal vez no tan humana, habitaba en aquel terrorífico lugar...

martes, 31 de agosto de 2010

¿Alma de mago?

           Era un domingo gris, opaco, y desde el cielo nublado caía esa llovizna finísima a la que Buenos Aires te acostumbra durante el otoño. El camino peatonal de la calle Florida lucía excitante esa tarde, e invitaba a sumergirse en el gentío atiborrado de paraguas que la transitaba. Siempre me resultó regocijante imaginar que la acción de caminar entre los altos edificios de las casas comerciales guardaba un cierto paralelismo con las barcas que surcan los canales de la Venecia italiana. Pero esa ilusión se disipa, sin más, ante el paisaje abrumador de la modernidad porteña. Acentos extranjeros que denotan dólares, insultos argentinos como música de fondo, fusión del aroma dulce de la garrapiñada humeante con los perfumes importados y los malos aires de Buenos Aires; todo confabula para que Florida se autoengendre como ese paraíso terrenal (o ese infierno) que otorga cura a la fiebre del consumo, y que se cubre de aquellos que se satisfacen con las migajas de esa fiebre saciada: los buscavidas.
          En la intersección de Florida y Lavalle, en el nudo que hermana a las peatonales gemelas, vacilaba mi decisión entre volver a casa o continuar la húmeda caminata. Observaba atento el paso apresurado de los transeúntes, repelidos entre sí ante el contacto cual si fueran polos opuestos de una reacción física. Cautivó mi atención un tumulto vociferante agrupado en el cruce de ambas calles, y decidí acercarme. Formadas en semicírculo se encontraban unas cuantas personas, la mayoría protegida con pilotos impermeables, aunque ingenuamente despreocupados de la lluvia. Había entre ellos varios extranjeros. En el centro de la muchedumbre, sumando un contraste más a la calle que encierra a turistas y mendigos, vendedores de todo tipo y artistas callejeros, músicos que regalan y sordos que desprecian; un hombre con la camisa abierta, apuntando su pecho desnudo hacia el cielo quejumbroso.

- Un auténtico mago no le teme a la lluvia, por eso aquí me tienen señoras y señores. Y si no lo cree verdadero, toque usted señorita mi pecho y verá que soy auténtico.

         Era un hombre de contextura fornida y aspecto casi circense, muy similar a un domador de fieras. Pelo largo y bigotes oscuros, ojos negros e intimidantes, voz ronca y sobresaltada. Hacia uno de los lados se encontraba una mesa de madera sosteniendo algunos de sus instrumentos: una espada reluciente, algunas que otras cucharas, una botella de vidrio y una caja de lata vacía, con los signos del peso y del dólar pintados en su tapa.

- Pase y vea señora, deléitese con un mago y con un macho en cueros. Vea en la calle lo que en su casa no tiene y le gustaría tener. Y si al caballero también le place mi figura, pues, tendrá que conformarse con la magia. Este es un macho cabrío.

          El mago se alistaba para su show e invitaba a la gente haciendo alardes de sí mismo y de sus dotes naturales. Los transeúntes, entre temerosos y despectivos, paseaban a su lado, dubitativos ante la decisión de sumarse al grupo de curiosos. Cuando el hombre ya había resaltado tanto sus cualidades como para merecer lavar su orgullo en el Purgatorio, se dispuso entonces para seducir a su público.

- Ahora, señoras y señores tendrán el gusto de observar el primer truco de la tarde. Voy a tragarme esta enorme espada que ven aquí, para envidia de muchas señoras aquí presentes.

         Algunos rostros comenzaban a reflejar pizcas de malhumor ante las palabras del mago, en especial los de las mujeres mayores.

- A la cuenta de tres verán esta espada atravesar mi garganta. Uno, dos, y tres...

          El sable se hundió por su boca y sonaron los primeros aplausos del público. Se abstuvieron un par de mujeres, a pesar de seguir, inmóviles, presenciando el espectáculo. Las primeras monedas se dejaron caer para resonar dentro de la lata que el mago paseaba entre la gente para obtener el ansiado reconocimiento.

- Gracias, gracias, muchas gracias. Lástima que no pueda decir a todos lo mismo. Mister, do you like my show?
- Oh yes! Is very good!
- Ok, is very good. And my money?

          Bajando su cámara fotográfica desconcertado, y sonrojado hasta contrastar su rostro con el resto de su piel albina y sus cabellos dorados, se retiró aquel turista norteamericano.

- Oh, mirémoslo todos señores. He is very important. Viene usted a gastar esos dólares por los cuales nosotros empobrecemos, me toma casi veinte fotografías con su cámara digital última generación, pero no es capaz de entregar una mísera moneda. Mejor que se valla, no quiero miserables en mi trabajo.

          Así gritaba sus razones el mago mientras el extranjero se alejaba intimidado y sintiéndose observado por toda Florida. Algunas personas que caminaban por la peatonal esbozaron un aplauso al mago e, incluso, se sumaron al grupo y arrojaron sus monedas. Otros, disconformes, se retiraban, pero eran los menos. Aquel hombre había logrado mezclar risas, asombro y enojo, para crear una atmósfera tensa que parecía atraer más gente de la que ahuyentaba.

- Continuando con el espectáculo señores, ahora verán ustedes cómo esta botella, llena de agua, no perderá su contenido cuando la gire sin tapa hacia el suelo. Le pido a usted señora que verifique que esto es una botella de vidrio, y si la cautiva lo duro del vidrio, por favor no se ponga traviesa porque estamos en medio de la calle.

          Se escucharon algunas risas en el fondo del tumulto, pero esta vez la tensión se volvió enojo.

- Disculpe señor, usted es un maleducado. No puede tratar de este modo a quienes le prestamos atención, y mucho menos pedirme ayuda sólo para defenestrarme ante el público.
- Pues si no le gusta, usted puede marcharse. Yo sólo utilizo el lenguaje sin prejuicios. Pero claro, más vale cuestionar a un callejero que a los programas televisivos que desnudan mujeres y hombres, y que usted mira y deja mirar a sus niños; o a las revistas que hablan de sexo con palabras obscenas y que usted lee; o la Internet a la que acceden todos los días sus hijos a consumir pornografía.

          La señora calló sus palabras. Parecía sufrir el malestar que sintiera Emma Zunz al enterarse de la muerte de su padre, en aquel cuento de Borges. La lata del mago rebalsó de monedas. Nunca supe con certeza si aquel mago era un verdadero artista, un charlatán en su salsa o un auténtico callejero, un catedrático de los recursos del busca.

jueves, 19 de agosto de 2010

Palabras Difíciles

          Había esperado toda su vida semejante oportunidad. Sus constantes reclamos por ser escuchado al fin lograban captar algo de atención entre tanto necio y tanto incrédulo. Ahora, un inmenso auditorio espera ansioso lo que aquel hombre tiene para decir. Él, detrás del telón, repasa mentalmente una y otra vez su discurso, arregla con cuidado su atuendo, afina su voz en el tono correcto, y sale a escena con el cuchillo entre los dientes, dispuesto a conquistar a sus oyentes. Aquella masa expectante pronto aclama con fervor las palabras aquel orador que, en su afán de ser lo más dúctil posible, se debate entre el filo de la navaja y la sangre que de sus comisuras labiales brota hacia la boca queriendo ahogar su razonamiento.