Narrar una historia de amor debería de ser, como por lo general lo es, un acto de felicidad plena. Pero todo lo que pesa esta pluma a la hora de hacerlo es algo que me aterra, que me sofoca. Quitarle la vida a una persona, aunque esa muerte lleve la intención de convertirse en una ofrenda de amor, significa que uno será condenado a arder en las profundidades; pero entonces, ¿qué queda para los desgraciados que atentan contra la vida de aquellos a quienes aman? Estos ni siquiera alcanzan el lujo de descomponerse bajo las llamas del infierno, sus actos perduran en la propia memoria y los condenan a una inexorable eternidad de dolorosa penumbra. Integrar ese lote de almas que agonizan penosamente es algo nada sencillo de narrar; permitir que hoja y pluma lo desnuden a uno ante su vasta miseria, que siempre amenaza con su mirada tinte homicida, hace dudar hasta al más resuelto de los valientes. Pero aquí va mi descargo en busca de esa ínfima tranquilidad que pareciera inalcanzable. Y si esa paz escasa me fuera esquiva, a pesar de estas sangrantes líneas, Dios me salve de tan exigua existencia y me proteja hasta la hora en que el indeclinable destino me lleve de esta tierra para sentenciarme por siempre.
De sangre y avaricia, del ego irracional, de eso se trata esta historia. También de un amor inesperado pero revelador. Rey entre los reyes, en eso me he convertido y es eso lo que tanto me ofusca. Me he dado en llamar Jerónimo el Grande, patriarca de la Orden Blanca y castigador de injustos. Bajo mi séquito se encuentran los más valientes y audaces guerreros que estas tierras hayan conocido. He conquistado, como cabeza y estratega de este invencible ejército, todo cuanto bastión de herejía se ha presentado frente al paso arrollador de la Orden Blanca y de su divino mensaje. Los rebeldes han pagado con sus impuras vidas la negación de la verdad absoluta, han regado con su sangre ennegrecida los campos sobre los cuales hoy se asientan las bases del reino de Dios en la tierra. Ya nunca jamás las vestiduras negras mancharán los dominios donde hoy peregrinan los atavíos blancos y la sabiduría.
He sido heredero de un trono que mis ancestros me han entregado por el santo mandato y, desde entonces, el único capaz y dichoso de extenderlo. Centenares de ejércitos he derrotado y abatidos han caído sus reinas y reyes. No ha quedado en mi inmenso reino hombre o tropa alguna que ose desafiar el poder que las alturas me han legado. Gigantescas fortalezas han hecho las veces de refugio para las hordas de la chusma insensata, para sus gobiernos de ocio infatigable; pero ni sus robustas torres de rocosa arquitectura, ni sus enfiladas huestes, transformadas en no más que una soldadesca de defensa ante el inminente ataque, pudieron detener la llegada de su juicio final. Miles han caído protegiendo su injuriosa realidad, pero no han corrido con mejor suerte los cobardes desertores: sus arrepentimientos no bastaron para merecer una ordalía, los oprobios al Grandísimo no merecen el perdón celestial, y mucho menos el terrenal. Aunque nada de esto tiene ya mucho sentido; he creído acabar con los tiranos y no he hecho nada para distinguirme de ellos. Apenas alcanzo a convertirme en una sombra que espera, no sin ansias, extinguirse.
A lo largo de mis años he disfrutado infinitos manjares, he lucido los más altivos calzados y vestido las más refinadas prendas, he poseído las más bellas damas de todo el creciente reino, pero nada ha logrado saciarme. En cada nuevo avance de la Orden Blanca he esperado hallar, tras el merecido exterminio de las negras caballerías y la conquista de sus terrenos, aquello que sea capaz de encender en mí el goce de la vida. Tantos años dedicados a purificar el espíritu y a barrer con la herejía han hecho de mí un hombre decrépito e incapaz de disfrutar los mundanos placeres con los que se me ha correspondido. Sólo una vez pude observar de cerca la felicidad, sólo por un instante he logrado hallar esa luz que brillo ante mí y que se ha escapado sobre mi propia bajeza. Pero disculpen ustedes, hubiese querido no extenderme tanto antes de llegar hasta este punto de la historia, aunque permítanme confesarles que ello se presenta ante mí como un síntoma de lo difícil que resulta relatar mis miserias, y como una señal de que me pondré irremediablemente de cara al dolor.
Ella fue una revelación. Logré conocerla en una de las tantas incursiones a campo rival que mis huestes emprendían con el fin de castigar morosos y adquirir bienes de ofrenda para el Altísimo. Su sonrisa resplandeciente reflejaba, como las más puras aguas cristalinas, los tenues rayos de sol que sobrevolaban aquella tarde otoñal. Aquel destello me permitió ubicarla en las lejanías, tras su línea de defensa, y la observé deleitoso con mi prismático. Su cabello, ondulado hasta la cintura, parecía jugar con el viento alborotado, y una mirada verde, tan deliciosa como abrumadora, me infligía la compasión y el miedo que su ejército jamás logró proporcionarme. Mis sentidos se rindieron ante tal hermosura, ante la perfección personalizada, ante ese algo que mi existencia codiciaba para saciar la enfermiza necesidad que los caminos espirituales y los placers terrenales no lograban. Una ráfaga ardiente me caló el pecho, y por un exiguo pero intenso momento pude extasiarme en aquella sensación de liviandad y plenitud que tantos poetas han llamado amor. Sentí deseos de tomarla por arrebato (pues no conocía otra forma) y recluirme con ella en alguna montaña, alejado de esta labor, ominosa y opresora, que se me ha encomendado. Pero las cosas no fueron tan sencillas: aquel exquisito homenaje a la belleza fue opacado desde el principio por su negro atuendo. Ya todos sabemos que tanto en la naturaleza y en el arte, como en el amargo derrotero de guerra y de lucha que llamamos vida, la luz y la oscuridad, el blanco y el negro, componen un claroscuro irreconciliable.
Y así comenzó mi delirio. La atmósfera crecía en tensión aquella tarde en que ambos séquitos, enfrentados y dispuestos al combate, se amenazaban con la vista fija en el enemigo, aguardando la orden de sus superiores para abrir la batalla. Un titubeo infernal le oponía resistencia a mis decisiones. Jamás había este rey dudado ante su tarea divina: en condiciones normales hubiera dado el consentimiento para que la Orden Blanca atacara sin piedad las filas del enemigo. Y sólo entonces, ante tan tremenda situación, mis ojos abandonaron el velo cegador de la patraña divina y pudieron observar la negligencia de mis actos. Miles de muertes engendradas en el afán de imponer una causa que propaga un mensaje de amor al prójimo. ¿Y si alguno de los prójimos caídos se hubiera convertido en la hermosa dama que ahora se encuadra en mi prismático? Mandar a matar a tan bella mujer significaría asesinar mi oportunidad de alcanzar la felicidad, pero dejarla vivir me condenaría a la muerte y sembraría en mi reino lo que he llamado herejía y que ya no me parece tal cosa. Frente a aquella escena se alzaron mis dubitaciones. ¿Debía inmolarme en un acto de máxima valentía para dejar ser a aquella dama? ¿O debía asegurar mi existencia, perpetuar la mentira y condenarme a una vida vacía? Sin embargo, la hermosa reina tenía a su lado un rey y una causa que defender, y después de todo, así lo había querido el destino. Como un despreciable cobarde, di la orden de ataque.
Los peones blancos arremetieron ferozmente contra los peones negros, avanzando como primera línea, sobre el cuadriculado campo de batalla. Escoltándolos, los caballos blancos se adelantaron derribando la defensa del enemigo y abriendo paso a mis leales alfiles. Los alfiles, siempre ávidos de soltar su diagonal ataque voraz, abandonaron su inmaculada posición para comenzar a derrotar los baluartes de oposición que el enemigo presentaba. Mi reina, unida a mí por la obligación de pertenecer a la Orden Blanca y no por un amor inexistente, impresionante luchadora y pieza decisiva de muchas guerras, aguardaba sigilosa su turno de avance. No fue necesario en esta ocasión. Pronto las torres blancas acabaron la tarea de desbaratar todo intento de repliegue rival, dejando a la pareja real rendida y a la espera del tiro de gracia. Ambos, inseparables, decidieron aguardar juntos el final.
¡Jaque Mate! Y desde lejos vi como el amor se me escurría entre los dedos.
De sangre y avaricia, del ego irracional, de eso se trata esta historia. También de un amor inesperado pero revelador. Rey entre los reyes, en eso me he convertido y es eso lo que tanto me ofusca. Me he dado en llamar Jerónimo el Grande, patriarca de la Orden Blanca y castigador de injustos. Bajo mi séquito se encuentran los más valientes y audaces guerreros que estas tierras hayan conocido. He conquistado, como cabeza y estratega de este invencible ejército, todo cuanto bastión de herejía se ha presentado frente al paso arrollador de la Orden Blanca y de su divino mensaje. Los rebeldes han pagado con sus impuras vidas la negación de la verdad absoluta, han regado con su sangre ennegrecida los campos sobre los cuales hoy se asientan las bases del reino de Dios en la tierra. Ya nunca jamás las vestiduras negras mancharán los dominios donde hoy peregrinan los atavíos blancos y la sabiduría.
He sido heredero de un trono que mis ancestros me han entregado por el santo mandato y, desde entonces, el único capaz y dichoso de extenderlo. Centenares de ejércitos he derrotado y abatidos han caído sus reinas y reyes. No ha quedado en mi inmenso reino hombre o tropa alguna que ose desafiar el poder que las alturas me han legado. Gigantescas fortalezas han hecho las veces de refugio para las hordas de la chusma insensata, para sus gobiernos de ocio infatigable; pero ni sus robustas torres de rocosa arquitectura, ni sus enfiladas huestes, transformadas en no más que una soldadesca de defensa ante el inminente ataque, pudieron detener la llegada de su juicio final. Miles han caído protegiendo su injuriosa realidad, pero no han corrido con mejor suerte los cobardes desertores: sus arrepentimientos no bastaron para merecer una ordalía, los oprobios al Grandísimo no merecen el perdón celestial, y mucho menos el terrenal. Aunque nada de esto tiene ya mucho sentido; he creído acabar con los tiranos y no he hecho nada para distinguirme de ellos. Apenas alcanzo a convertirme en una sombra que espera, no sin ansias, extinguirse.
A lo largo de mis años he disfrutado infinitos manjares, he lucido los más altivos calzados y vestido las más refinadas prendas, he poseído las más bellas damas de todo el creciente reino, pero nada ha logrado saciarme. En cada nuevo avance de la Orden Blanca he esperado hallar, tras el merecido exterminio de las negras caballerías y la conquista de sus terrenos, aquello que sea capaz de encender en mí el goce de la vida. Tantos años dedicados a purificar el espíritu y a barrer con la herejía han hecho de mí un hombre decrépito e incapaz de disfrutar los mundanos placeres con los que se me ha correspondido. Sólo una vez pude observar de cerca la felicidad, sólo por un instante he logrado hallar esa luz que brillo ante mí y que se ha escapado sobre mi propia bajeza. Pero disculpen ustedes, hubiese querido no extenderme tanto antes de llegar hasta este punto de la historia, aunque permítanme confesarles que ello se presenta ante mí como un síntoma de lo difícil que resulta relatar mis miserias, y como una señal de que me pondré irremediablemente de cara al dolor.
Ella fue una revelación. Logré conocerla en una de las tantas incursiones a campo rival que mis huestes emprendían con el fin de castigar morosos y adquirir bienes de ofrenda para el Altísimo. Su sonrisa resplandeciente reflejaba, como las más puras aguas cristalinas, los tenues rayos de sol que sobrevolaban aquella tarde otoñal. Aquel destello me permitió ubicarla en las lejanías, tras su línea de defensa, y la observé deleitoso con mi prismático. Su cabello, ondulado hasta la cintura, parecía jugar con el viento alborotado, y una mirada verde, tan deliciosa como abrumadora, me infligía la compasión y el miedo que su ejército jamás logró proporcionarme. Mis sentidos se rindieron ante tal hermosura, ante la perfección personalizada, ante ese algo que mi existencia codiciaba para saciar la enfermiza necesidad que los caminos espirituales y los placers terrenales no lograban. Una ráfaga ardiente me caló el pecho, y por un exiguo pero intenso momento pude extasiarme en aquella sensación de liviandad y plenitud que tantos poetas han llamado amor. Sentí deseos de tomarla por arrebato (pues no conocía otra forma) y recluirme con ella en alguna montaña, alejado de esta labor, ominosa y opresora, que se me ha encomendado. Pero las cosas no fueron tan sencillas: aquel exquisito homenaje a la belleza fue opacado desde el principio por su negro atuendo. Ya todos sabemos que tanto en la naturaleza y en el arte, como en el amargo derrotero de guerra y de lucha que llamamos vida, la luz y la oscuridad, el blanco y el negro, componen un claroscuro irreconciliable.
Y así comenzó mi delirio. La atmósfera crecía en tensión aquella tarde en que ambos séquitos, enfrentados y dispuestos al combate, se amenazaban con la vista fija en el enemigo, aguardando la orden de sus superiores para abrir la batalla. Un titubeo infernal le oponía resistencia a mis decisiones. Jamás había este rey dudado ante su tarea divina: en condiciones normales hubiera dado el consentimiento para que la Orden Blanca atacara sin piedad las filas del enemigo. Y sólo entonces, ante tan tremenda situación, mis ojos abandonaron el velo cegador de la patraña divina y pudieron observar la negligencia de mis actos. Miles de muertes engendradas en el afán de imponer una causa que propaga un mensaje de amor al prójimo. ¿Y si alguno de los prójimos caídos se hubiera convertido en la hermosa dama que ahora se encuadra en mi prismático? Mandar a matar a tan bella mujer significaría asesinar mi oportunidad de alcanzar la felicidad, pero dejarla vivir me condenaría a la muerte y sembraría en mi reino lo que he llamado herejía y que ya no me parece tal cosa. Frente a aquella escena se alzaron mis dubitaciones. ¿Debía inmolarme en un acto de máxima valentía para dejar ser a aquella dama? ¿O debía asegurar mi existencia, perpetuar la mentira y condenarme a una vida vacía? Sin embargo, la hermosa reina tenía a su lado un rey y una causa que defender, y después de todo, así lo había querido el destino. Como un despreciable cobarde, di la orden de ataque.
Los peones blancos arremetieron ferozmente contra los peones negros, avanzando como primera línea, sobre el cuadriculado campo de batalla. Escoltándolos, los caballos blancos se adelantaron derribando la defensa del enemigo y abriendo paso a mis leales alfiles. Los alfiles, siempre ávidos de soltar su diagonal ataque voraz, abandonaron su inmaculada posición para comenzar a derrotar los baluartes de oposición que el enemigo presentaba. Mi reina, unida a mí por la obligación de pertenecer a la Orden Blanca y no por un amor inexistente, impresionante luchadora y pieza decisiva de muchas guerras, aguardaba sigilosa su turno de avance. No fue necesario en esta ocasión. Pronto las torres blancas acabaron la tarea de desbaratar todo intento de repliegue rival, dejando a la pareja real rendida y a la espera del tiro de gracia. Ambos, inseparables, decidieron aguardar juntos el final.
¡Jaque Mate! Y desde lejos vi como el amor se me escurría entre los dedos.